17 oct. 2016

Las margaritas mueren después 3

Lloré tanto aquella noche, la noche en que Nicolás tomó las maletas y se fue.
Eran las seis de la tarde y un café a medio terminar estaba suspendido en la mesita que él y yo habíamos comprado en IKEA dos veranos atrás. Una mesita llena de sueños y fiebre de primavera. A las seis con siete Nicolás se levantó de la mesa.
— Ya no puedo más, Daira. Ya no puedo.
Yo tenía los ojos rojos y un cigarrillo entre los dedos. Tenía veintiocho años pero sentía que había envejecido hasta los cuarenta.
Pensé en mi madre. Cuando el hombre de mi vida partía de esta, pensé en ella.
Ella se había casado a los veintidós y a mi edad ya tenía una familia: dos hijos y un marido, mientras que yo era un desastre que aún pagaba rentas y se emborrachaba como adolescente los fines de semana. 
Cuando mi padre no estaba, por su trabajo en la industria petrolera, a mi madre le gustaba alardear de cuantos pretendientes había tenido en su incipiente juventud. Y digo incipiente porque a mi modo de ver las cosas, los veintidós años eran apenas el principio de esta, a lo cual ella decidió terminar con eso del matrimonio. A mis hermanos y a mi nos mostraba sus fotos de juventud, con pantalones hasta la cintura y cuellos de tortuga. Aparecía en un jardín riendo con una chica a la que llamaba su mejor amiga. “Muchos chicos me rogaban, siempre había un muchacho llorando detrás de mi”, decía con orgullo. Yo, a esa misma edad, y ciertamente desde mucho años atrás, jamás entendí que satisfacción había en saber que eras la causa de sufrimiento de otro.
“No es que no quiera a tu padre, claro que lo quiero muchísimo” decía haciendo un mohín raro con su nariz respingadísima por las cirugías que se practicó simplemente porque se había aburrido de mirarse siempre igual frente al espejo. “Claro que le quiero, es sólo que… esos amores de las novelas, en donde la gente se desvive por otro...pues, yo la verdad es que nunca lo experimenté...Siempre me quise más a mi misma y que me rompieran el corazón, se me hizo impensable y tan tonto...”
A mi edad mi madre ya se había aburrido de su cara. A mi me angustiaba que mis veintes acabarían pronto y debería “sentar cabeza”, dejar de tomar ginger ale y postergar la pila de ropa sucia hasta lo imperdonable. Pero en aquél entonces, incluso antes de perder a Nicolás, aquello me parecía imposible.
Ya me había acostumbrado al desenfreno y la locura de mis días de estudiante universitaria, cuando el mundo había sido mío sin ningún esfuerzo, a pesar de llevar siempre cierta melancolía sobre mis hombros… melancolía por una pérdida anticipada, porque inevitablemente sabía que esos días no durarían eternamente, y eran demasiado buenos para dejarlos ir. Días en donde todos parecían vivir para mí y por mí, en donde con una sonrisa lograba que me dieran todo lo que yo quisiera y las noches eran brillantes y sabían a champaña rosa. 


Yo no quería que ese sueño se apagase, quería que durara tanto como fuese posible. Quería seguir estando en primera fila en los conciertos y sentir que a la luna le daban celos cuanto brillaban las lentejuelas de mis vestidos. Pensaba en la idiotez de la gente, que dice que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Claro que yo sabía lo que tenía: yo lo tenía todo, y aún podía tener más, siempre, si así lo deseaba, podía tener más.
Tan sólo Nicolás era muestra de eso: me amaba con furor, siempre estaba dispuesto a dejarlo todo por verme feliz y yo pensé que mis encantos bastarían para tenerlo en ese estado catatónico de amor para siempre.
Nicolás se había enamorado de mi tan sólo en dos semanas, lo supe desde que noté como me miraba. Yo sólo debía usar un vestido bonito y decir alguna cosa medio ingeniosa que hiciera reír a todos en el salón y su fiebre aumentaba. Realmente fue sencillo tenerlo a él como a todos los demás. A mi corazón le halagó su forma de ser: él era bien parecido y bastante reservado, tímido pero a la vez seductor: me invitaba a tomar vino y me hablaba de las cosas de la vida que nadie notaba y que a él le fascinaban. Se sonrojaba si yo me acercaba mucho, con los hombros descubiertos y maquillaje en la cara, hasta que poco a poco dejó de importarle y me rodeaba con sus brazos tan cálidos y deseosos de tenerme para ellos. No es que me sintiese atrapada, si no más bien, protegida y sobre todo, querida. 
El deseo se volvió en amor sin que nos diéramos cuenta. Un amor apresurado y cegado por los ímpetus de nuestra juventud y la promesa de futuros brillantes: ambos habíamos sido excelentes estudiantes, estudiado en el extranjero en prestigiosos institutos, de familias ricas y tradicionales hasta lo enfermo, por lo que un amor que parecía romper las reglas --aunque fuese sólo en la superficie-- nos hizo pensar que nunca nadie en el mundo había tenido tanta suerte como nosotros. Y en sí, nos amamos sin reproches ni explicaciones.
Nos enamoramos mucho y por inercia. Teníamos veinticuatro años. Yo aún vivía en la ciudad y no quería volver a Miraflores. Pasaba las tardes leyendo a Sartre mientras me aburría en las oficinas del gobierno, en donde llegaban quejas que nadie atendía y voces que nadie oía. 
Los becarios eran los que generalmente hacían todo, pero a mi esas ganas juveniles ya se me había pasado un poco. Bebía café y leía En busca del tiempo perdido mientras mi asistente hacía todo lo que le pedía.
Nicolás trabajaba en la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología, en el área de investigación. Había estudiado biología y trabaja en una patente para sacar energía renovable y sustentable a través de las plantas.
Después del trabajo salíamos a bailar o a cenar, o caminábamos sin rumbo, abrazados y contandonos todo lo que jamás le habíamos dicho a nadie, porque creíamos que eso era lo único que se necesitaba para amar a una persona.
Después de un año decidimos vivir juntos y rentamos el departamento que aquella noche se disponía a dejar.
Nuestra discusión parecía una novela de Arthur Miller. “Claro que no me gusta” me dijo alguna vez “Es otro tipo lamentándose del sueño americano, el cual nunca existió, lo que a mi, me aburre mucho… pero bueno.. si a ti te gusta” Me fascinaba que sabía de todo y que siempre me miraba con unos ojos embelesados por mis gracias: que si hablaba danés, que si leía a Miller o a Woolf, que si ahora me desvelaba más porque me habían promovido al área de innovación tecnológica de la Secretaría Ambiental, que si no me daba miedo ser como era, algo (o muy) histriónica y muy afecta a tomarme más copas de las socialmente permitidas para una mujer como yo, lo cual a mi, me tuvo siempre sin cuidado … y a la vez, miraba como en sus ojos se impregnaba la necesidad que yo emanaba de que alguien me protegiese y me cuidase, y de cuánto necesitaba alguien que alcanzara la parte alta de la alacena, y alguien que abriese los frascos de mermelada por mí, y como aquello le hacía realmente feliz. 
Aunque ahora distábamos mucho de aquellas noches en las que caminábamos riendo por las callejuelas mojadas, tomados de las manos y mirándonos a los ojos. 
Eso dejó de contar, y quienes realmente éramos pesaba mucho más que entonces. 
En ese piso estábamos Nicolás y yo. Dos niños — porque ahora así es como nos veo, como dos niños asustados — que eran un desastre y que se estaban lastimando por quién había tomado el muñeco del otro o hecho trampa en el juego. Por absurdo que fuese, eso había sido suficiente para volvernos locos, para pelear como gatos bocarriba y destruir los castillos de papel que creíamos durarían para siempre.
— Lamento que esto acabe así.--dijo, con la ecuanimidad que siempre tuvo ante la vida.
Las lágrimas brotaron de mis ojos, inconsolables.
El cielo iba tiñéndose de azules más oscuros, el zumbido de algunas moscas en la cocina era casi imperceptible, pero ellas eran las únicas testigos de aquel desgarramiento en el universo. Qué pequeños que éramos.
— ¿Por qué? — dije con un hilo de voz, entrecortada.
Intenté mirarlos, pero dolía demasiado. Mis ojos de nuevo se humedecieron y él evitó mirarme.
— Esto hace tiempo que se acabó, Daira. Yo no puedo seguir engañándote, ni engañándome. Esto es demasiado para mi, no puedo fingir que todo está bien…
— Cállate. — dije de repente, tajante. — Cállate. Si de un día para otro me dejaste de amar…
— No… — interrumpió y se acercó a mi. Puso su rostro entre mi cabello, como lo hacía cuando buscaba consuelo y mis brazos parecían su hogar. Me intentó besar pero la rabia me hizo apartarlo de mi con un empujón, lo bastante fuerte para que perdiera el equilibrio.
— Te lo di todo como puede, Nicolás. Te quise... pero siento que quieres que sea algo que no soy, y no puedo...— jamás en mi vida sentí tantos deseos de partirle a alguien la cabeza, como en esa ocasión. Me lancé sobre el sin pensarlo y lo golpee con el puño.
Le partí su delicada nariz y comenzó a sangrar, pero a mí apenas me alivió aquello. Yo estaba fuera de mi
— ¡Tú eres la que destruyó esto! — me contestó lanzando una figurilla que habíamos comprado en Valle de Bravo, un fin de semana perfecto e ideal, lejano a la escena que representábamos aquella tarde.
— ¡Eres un pendejo! -- dije cuando vi que lanzaba ese muñeco contra mi, aunque no se había ni acerado a donde yo estaba -- ¿Acaso me quieres matar? 
Jamás había deseado con tanta locura que aquel momento se detuviese y poder arreglarlo todo. Quería aferrarme a él y obligarle a que se quedara, hasta que se le olvidara todo lo malo y de nuevo me volviese a amar. Pero no podía, había un peso en mis hombros mucho mayor que mis deseos, y no podía contenerlo.
Sí soy sincera, casi no recuerdo lo malo, como pasa cuando amas a alguien. Casi no recuerdo los gritos, ni las peleas. Incluso esa tarde, la tarde en que se marchó, está borrosa y no he pensado mucho en ella. Jamás pienso en ella. Si pienso en algo, es en como sostenía mi cadera mientras bailábamos, él y yo, solos en la cocina con una canción de The Smiths de fondo. Pienso en los besos que le daba a mis pies cuando mirábamos una película, como acariciaba mi cabello cuando nos quedábamos dormidos platicando de lo que pensábamos sobre el universo, y las vidas pasada y si ya entonces nos conocíamos. Recuerdo los desayunos casuales de cereal y leche mirando T.V. y el entresemana, llenos de cotidianidad gris y tazas de café, que se veían maravillosas por su presencia y sus sonrisas.
Su cabello rizado, sus ojos verdes, la seguridad con las que sus manos me tomaban cuando quería amarme más, el “Sí, amor” y que los dos creímos que eso se iba a quedar así para siempre.
Pero ahora en el piso había una figurilla rota, y una nariz con sangre y una taza de café frío. Y la tarde ya era casi noche.
— ¡No te vayas Nicolás! — le dije tomándolo por la espalda y llorando, dejando mis lágrimas en su camisa blanca. 
Había sido un miércoles. No sé porqué ni como sí recuerdo eso, cuando jamás lo marque en el calendario y siempre quise olvidarlo.
Todas nuestras vidas dependían de un sólo momento.
— No te vayas… — balbuceé, llorando. 
Tan solo una semana atrás, me había prometido que todo estaría bien, me había besado como un adolescente enamorado por primera vez y me había hecho sentir que podríamos superar lo que fuese necesario. Pero en ese instante, simplemente se volteo y me dio un beso en la frente. 
Las noches sin dormir, la música, los roadtrips, los días que no salíamos de la cama, todo se perdió en un instante.
Se marchó sin más, me dejó la renta de aquél mes en un sobre y se llevó dos maletas con su ropa y objetos personales.
De repente la cama estaba vacía y fría, la mitad del closet deshabitado, a los estantes le faltaban libros y las monedas que siempre dejaba regadas por los muebles ya no estaban. Todo se sentía tan mortalmente solitario, y aquella fue la noche más oscura que pasé, incluso cuando llegaron otros amantes que también se marcharon e incluso cuando una noche todos mis arrepentimientos decidieron aplastarme.
Yo lloraba en silencio cuando abrió la puerta...aún estaba ahí, aún era parte de mi, pero estaba por ponerle punto final a todo aquello.
“Gracias por todo, Daira”. fue lo que me dijo cuando echó un ultimo vistazo a aquello que habíamos llamado hogar. Cerró la puerta, escuchó como puso el seguro y sus pasos se alejaron. 
Con los años también me di cuenta de cuánto le dolió aquello, y cuánto se arrepintió después, y tal vez toda su vida (como yo). Porque aunque aquello no iba a funcionar más y terminar realmente había sido lo mejor para ambos, jamás nos volvimos a sentir así: jóvenes, ingenuos, eternos. Jamás le pudo contar a otra persona lo que me había dicho a mi, sobre la hierba y las plantas y todos los tonos de verde que existían en el mundo. Nadie quiso mirar las estrellas y enterarse desde donde podías observar a Sagitario en una noche despejada, nadie quizo cantar en una azotea las canciones de David Bowie con tanta emoción y sentimiento. A nadie genuinamente le importó hacer una colecta para salvar a las abejas, porque si estas se morían, el mundo se iba a acabar. Y nunca volvió a tener a alguien que quisiera salir a las 12 de la noche un jueves, sin reproches y sin necesidad de porqués, sin más que las ganas de mirar la ciudad y ver el amanecer porque aquello era algo bonito. Se acordó de mí cuando se lavaba los dientes y había otra chica esperándolo en la cama. Se acordó de mí cuando preparaba sandwiches porque yo detestaba el queso, y yo siempre los pedía sin queso, por lo que él terminó prefiriéndolos así. Se acordaba de mi cuando esa chica, la correcta, lo abrazaba en las mañanas al despertar juntos. Pensaba que no se había divertido tanto como cuando yo estaba muy borracha en ese concierto de The Pixies al final de un festival de música, y le sostenía el cabello a una chica desconocida para que vomitara sin problemas, porque la chica correcta no hacía esas cosas. Ella salía del trabajo y preparaba una cena deliciosa y le contaba como le había ido aquel día, y no tomaba más que una copa de vino tinto y después se iba a dormir. Pero la chica correcta no era yo, y eso fue algo que, incluso cuando la hizo su esposa, siempre lamentó.

Se acordaba de mi
Cuando pensaba en nuestras pláticas de medianoche, pensé que entonces nos tocaba hacerlo mal en esta vida, para hacerlo bien en la próxima. No se si fuimos almas gemelas, sólo sé que nos divertimos mucho y que habíamos sido lo mejor en la vida del otro.

Aunque Nicolás no murió, creo que entendí por primera vez la nostalgia que mi abuela sentía las mañanas de domingo en la cocina, cuando escuchaba las canciones que solía bailar con mi abuelito cuando tenía diecisiete años. Así como ella,  jamás volvía a escuchar la voz de Morrissey sin cierta añoranza, jamás miré el pasto o el cielo de la misma forma. Pensaba: "Hay tantos tonos de verde: aceituna, agua, cinabrio, clorofila, encina, aguacate, almendra, bosque, esmeralda, eucalipto, hierba, hoja, jade, lirio, manzana, mirto, menta, musgo..." hacia esa lista mentalmente mientras fumaba un cigarro y tomaba un insípido café, por costumbre y aburrimiento. Escuchaba en mi mente la voz que me había dicho todos aquellos nombres. Por nada del mundo quería olvidarla. 
Cuando llovía, cuando lavaba los platos, cuando un hombre me invitaba a salir, cuando alguien quería  casarse conmigo.
Yo a Nicolás lo extrañé toda la vida.

Yo lo extrañé toda la vida


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