5 oct 2016

Las margaritas mueren después

Hacía pocos días que había muerto Enrique Nuñez, un compañero del trabajo. Había sido un accidente desgraciado. Le habían asaltado en la orilla del malecón, a eso de las tres de la tarde, unos dos o tres tipos. Querían su camioneta, no sabíamos si se opuso o sedió, de cualquier forma, por estos días ya nadie estaba seguro de nadie, y pese a todo, le dispararon. Quedó tendido en la playa, hasta que alguien lo encontró, pero la bala le perforó un pulmón y murió antes de que pudiesen ayudarlo.
Dejó a una niña esperándolo en casa y a su mujer. Era un buen hombre, de vibra ligera y buen carácter. Jamás tomaba, ni se iba de pinta. Quería a su familia y trabaja para ellos. Ambos trabajamos en el departamento de Planeación Ambiental, de una ciudad cada vez más acabada y más abrumada por edificios y emociones de gas, donde el mar se teñía de negro cada que un Ingenio Petrolero sufría un derrame y donde las hermosas especies endémicas estaban en peligro de extinción y sin miras para recuperarse.
El viejo Hotel Margón, alguna vez un imponente edificio que atrajera a los altos funcionarios del Estado, ahora se encontraba descolorido, un amarillo pálido y sucio cubría sus paredes y los rótulos de las ventanas parecían discordantes ante las nuevas cadenas de hoteles que se habían adueñado de la orilla de la playa que antes ni siquiera formaba parte de la ciudad.
“Menú del Día 120 pesos” decía “Pase Ud.”. En ese viejo Hotel mis padres conocieron a Enrique, cuando tenía unos 17 años, tal vez, y trabajaba de mesero como castigo por chocar el automóvil de su padre estando algo borracho, Enrique era el hijo del dueño de una cadena de tiendas importantes por aquél entonces. "Era un niño lindísimo" decía mi madre "Era travieso, como todos los niños de familia, pero después de unos buenos cinturonazos se compuso"
Y en efecto, era alguien que no le hacía daño a nadie y que no merecía morir de la manera en que lo hizo.
Cuando mis padres lo conocieron yo ni siquiera había nacido, y sin embargo, ahora me encontraba en la Iglesia del fraccionamiento donde pasé la infancia y mi adolescencia, y donde toda la sociedad de alcurnia de Miraflores vivía, despidiendo a un hombre con el que había comido de vez en cuando, trabajado y saludado cada mañana en aquél edificio donde nuestras oficinas se encontraban.
El fraccionamiento como quiera, también adolescía, y en unos diez años, calculaba yo, que vivir ahí dejaría de ser tan cómodo como alguna vez había sido. Cada vez más comercios y menos uso de suelo exclusivo para casa habitación. Surgían nuevas opciones, nuevos complejos habitacionales, pero recuerdo lo que mis padres decían: “Esos nuevos fraccionamientos son una porquería, no tienen ni fuentes, ni esculturas, ni jardines ni camellones tan amplios como los que tenemos aquí, y esas casas son muy pequeñas, es para gente que quiere pasar ‘bien’, pero no lo es.”
Vallelindo, como se llamaba el fraccionamiento, veía el ocaso, las grandes casonas poco a poco se iban extinguiendo y se vendían para volverse comercios, el tráfico llegaba a las calles y la gente se mudaba a La Herradura, Monte de Plata, o cualquier otra opción lejos del bullicio citadino.
Pero la iglesia, esa iglesia que tantos domingos había sido centro de reunión, de vida social y porque no, de comidillas de los adultos de una pequeña ciudad (de entonces 10,000 habitantes) aún seguía ahí, y aún seguía siendo la opción que la gente bien elegía para ser feliz en bautizos y bodas o para llorarle a sus queridos difuntos, difuntos que podía pagar un llanto donde el maquillaje que se corría era Lancome, un llanto siempre mejor que el de las viudas que pierden todo cuando pierden al marido, quien no había terminado de pagar la humilde casa de lugares como Las gaviotas o Playa Bonita.
Las viudas de Vallelindo sufrían la ausencia nada más, y después, recibían la herencia, el dinero del seguro, todas las propiedades y el apoyo de los amigos que venían regresando de Londres o España y les ofrecían canastos con comida y flores carísimas, para que sus corazones se consolaran un poco. Sin mencionar el “lo que necesites, tú dinos”; que si llevar a los niños a la escuela, o recomendarme algún buen decorador de interiores para cambiar el tapiz de la casa, pues el antiguo guardaba demasiados recuerdos.
En aquella Iglesia me encontraba yo sentada, con vestido y zapatillas negras, despidiendo a Enrique Nuñez, amado padre y esposo, hombre que mi madre (y hasta mi abuela) conoció cuando ella tenía mi edad y él era un niño, y después, porque aquél era un pueblo pequeño de donde la gente nunca se iba, compañero de trabajo mío.
Cuando salimos de la misa y terminé de saludar a Marilú, su esposa, sentía un horrible vacío en el estómago. Mire el cielo azul, eran finales de septiembre pero estando tan cerca de la costa, todavía teníamos días buenos y soleados. Era un septiembre como todos los septiembres que habían pasado en mi vida, excepto cuando me fui a la Universidad Nacional a estudiar la carrera, los cuales pasaba lejos de Miraflores. Y el cielo era el cielo que siempre había observado, los pájaros parecían los mismos, excepto que muchos habían muerto ya, mientras que yo, aún estaba ahí, envuelta en ese tumulto de llantos y trajes negros, viva, viva, viva.
Recordé los días que pasé en Dinamarca, cuando me fui de intercambio en la universidad. Recordaba el idioma de los daneses, tan lleno de ‘jotas’, ‘erres’ y ‘tés’. Era probablemente la única persona en Miraflores que hablaba danés con fluidez. Recordaba los viajes de fin de semana que hice a Noruega y Suecia, y la semana que fui a Islandia con dos amigos. Recuerdo que tuve sexo en Islandia con un hombre que jamás volví a ver en mi vida, aunque en los días que estuve ahí, me prometió llevarme a París y casarse conmigo. Seguramente yo era la única persona de Miraflores que había tenido sexo en esa puñetera isla que era Islandia. Islandia tan congelada, y nosotros, en Miraflores, muriéndonos de calor cada verano, friendo huevos en el cemento de las calles, como los islandeses jamás sabrían. Los islandeses ni siquiera sabían el nombre de nuestra ciudad, ni la existencia de los miraflorinos, y sin embargo, yo había dejado un poco de mi ahí, un poco de Miraflores se quedó en las sábanas blancas de una casita islandesa.
Entonces, de la nada, como pasa cuando alguien se muere, recordé un evento agradable de mi vida. Lejano, y feliz, que me dejó un dulce sabor en la boca, como a miel con pan, después de haber ocurrido.
En aquella misma iglesia, años atrás, cuando no sabía lo que mi juventud depararía ni la tristeza que poco a poco se acumularía en mi corazón, conocí a Joel. Jamás olvidé su nombre, jamás olvide su cara, su rostro que me vio con el alivio y la alegría de ver a alguien que no veías en años, no olvide que amarillo era el sol ese día, cómo se filtraba por las ventanas de la Iglesia cuando voltee a mirarlo y me dedico una sonrisa, y me sacó la lengua, y me sonrió de nuevo. Ese momento fue una felicidad inocente, e inconsciente. Fue una felicidad breve que no recuperé jamás.




...continuará...

Hey, como ven estoy escribiendo un poco de ficción ahora. Muchas gracias si lo han leído, espero poder subir otro capitulo y terminar esta historia!

16 sept 2016

What happens when you miss someone: we know by the stars that we aren't too far

"I don't believe it but I guess it is true, some feelings, they can travel too" - Florence Welch



La última canción de Florence + The Machine casi me saca las lágrimas después de un verano tan maravilloso, y ahora que llega el otoño viene la retrospectiva, los días...que caigan ojos, que los recuerdos perduren pero también se sientan más distantes que los primeros días que estuvimos lejos. Es muy extraño lo que ocurre cuando alguien toca nuestro corazón; nosotros, los que somos simpáticos con todos pero a los que realmente no nos importa nadie, a los que nos gusta estar solos y con un buen libro más que rodeados de gente o en fiestas, o los que besamos a cualquiera porque "un beso es sólo eso, y no significa nada", un día encontramos a alguien distinto y ya no queremos estar con nadie, y tampoco nos apetece estar todo el tiempo sólo y a veces hasta fantaseamos con que esa persona esta cerca nuestro, y pensamos como sería tomar el bus con él o ella, desvelarnos estudiando juntos o ir a una fiesta y sólo bailar con esa persona. Ya no queremos besar a nadie, y aunque el mundo gire en torno nuestro y sintamos que cualquiera querría salir con nosotros, aunque recibamos tantos mensajes al día de fulano y zutano, sólo queremos salir con uno, sólo esperamos el mensaje de alguien, alguien lejos, alguien a quien no podemos ver ni mañana, ni el fin de semana, tal vez ni una vez al mes porque las distancias son terribles...pero como decía la canción de Death Cab for Cutie: "but we've got trains and planes and cars"; y en efecto, haríamos ese viaje de 22 horas para estar con esa persona.

De mis temas favoritos en el arte es la distancia... Para empezar ¿qué es? ¿que ideas implica? ¿que conceptos se le atañen? ¿Cómo llegamos a imaginar algo tan abstracto, invisible y aún así, tan presente? Yo sé que cuando era una niña la distancia fue eso que me hizo crecer, si por crecer pensamos en la educación sentimental y el entender como estos sentimientos duelen, lastiman: la impotencia, la desesperación...y es que no por ser niños somos estúpidos, y ay, cómo supe, cómo supe cuánto duelen ciertas distancias. Pero hay muchos tiempos de distancias: distancias espaciales, temporales, emocionales... Puedes estar junto de alguien y sentirlo lejano, si ya no compartes nada con esa persona, o lejos físicamente, pero muy cerca si tus sentimientos son fuertes, o lejos y cerca a la vez, lo cual desgarra. Bueno, yo creo que todas las distancias desgarran. Y por eso se escriben canciones, se filma películas, intentando sanar esas heridas...porque sabemos que inevitablemente que la falta de proximidad implica cambios a lo que alguna vez fue cercano, a lo que alguna vez tuvimos entre nuestras manos y ahora queda sólo en un recuerdo....



En chino, para decir 'distancia' se juntan los caracteres jù (aparte) y lí (lejos); distancia 距離 se dice jùlí, estar lejos y estar aparte. ¿Y qué esta lejos y qué está aparte? Una risa, el calor de la piel, unos labios, unos ojos, sentir... eso es lo que más nos frustra ¿no? No poder sentir a la persona fisicamente, y no tener su día a día, dailiness, como dicen en inglés-- no ser parte de esa cotidianidad es lo que nos mata un poquito... y claro, podemos estar presentes gracias a las redes sociales: Facebook, WhatsApp, WeChat, mandarnos un mensaje de voz y tener un cachito de esa persona... un mensaje en inglés porque esa persona no habla tu lengua ni tú la suya... entonces ahí tenemos otra forma de acortar distancias: con las palabras; y ya no quieres decirle 'I love you', quieres decirle como sea que se diga en su lengua, para que lo 'sienta', para que 'signifique más'. 

Love from a Distance by Rene Magritte
Pero probablemente, lo que más me impresiona (aún) de las distancias es que implican existir. Existir para alguien y que alguien exista para ti, alguien a quién jamás imaginaste, ni pensaste...ni su forma de reír, ni su forma de querer...que fue la mejor forma de querer. Cuando tenía ocho años pensé en eso por primera vez (no pregunten por qué); no lo hice en voz alta, pero me parece que caminaba por el parque de la mano de mi madre y pensé..."tal vez en este momento la persona que va a ser mi esposo está en otro lado, con su mamá, y no sabe que yo existo, y yo no sé como es él, y no se cómo es su cara, ni cómo un día, voy a saber que existe"...algo así me cruzo la mente, y en efecto, en algún momento conocí a alguien a quien no tenía por que conocer, ni el más remoto chance, pero así fue... y tal vez nos enamoramos y fue muy raro, que mis labios se juntaran con sus labios, que por un momento no hubiera ni un espacio entre nosotros, que los más de 13,000 km entre nosotros en un instante no significaran nada, que fueran nada. La distancia era cero, y estábamos ahí, en un momento, en un lugar que no era nuestro hogar, ni nuestras calles, ni nuestra dailiness, sólo para encontrarnos y saber de nuestra existencia. Y entender, y reír, y querer... y la reminiscencia, lo que recuerda que eso fue real es extrañar y que tu corazón esté en México, pero también al otro lado del mundo.
'Recordar' viene del latín re (volver) cordis (corazón), recordar es volver a pasar por el corazón...aunque yo me pregunto si algunas cosas en verdad se van. Por otro lado, 'extrañar' viene de 'extravenare', de 'extranus' (de fuera), aunque después se utilizó para describir que algo se sentía fuera de lo habitual... ¿y no la vida se siente diferente cuando "extrañamos"?, porque extrañar es no tener a esa persona en lo habitual, extrañar en verdad no es pensar en alguien cuando estás sólo a las dos de la mañana, sino cuando estás en la escuela, el bus, lavando los platos o divirtiéndote, y quisieras que esa persona estuviese ahí, porque te habituaste a ella... Aún así, a mi me gusta mucho más el francés: 'tu me manques', es como ellos dicen 'te extraño', pero literalmente 'tu me manques' significa 'tú me faltas'... y sí... tú me haces falta, y por eso no dejo de sentirme así... incompleto, no porque mi vida gire en torno a ti, si no porque eres una de las partes más bonitas que tenía... y ahora, bueno, hablamos un rato, nos damos los buenos días o las buenas noches y después debemos seguir con nuestra vida diaria, esa vida que se siente extraña, fuera de lo habitual... Y nos ponemos tan celosos de las esquina que ven a nuestros amores pasar cuando caminan, y del autobús que siempre los lleva a casa, y de los edificios que presencian su caminar de diario... 
Pensar que un lugar tan, tan, tan apartado de ti ahora signifique tanto, sólo por alguien... eso es raro, porque entonces la distancia en cierta forma se borró ¿no? Más bien, esa distancia no impidió que sus existencias coincidieran...y entonces más de 13,000 kilometros ya no bastan para mantenerlos 'lejos' y 'aparte', porque siempre se mandaran una foto, y un 'te quiero' antes de dormir... tal vez estarán lejos, pero no aparte, ya no.
Como dijo Amparo Dávila, estar lejos significa que muchas veces los besos sepan a despedida, pero las despedidas ¿qué son? En español decimos 'Adiós', es como que encomendamos a esa divinidad 'Deus', a la persona, queremos que esa persona, esté donde esté, esté bien, y protegida, puesto que no podemos estar nosotros ahí para cuidarla. 
Me gusta que en Chino la despedida es 再见 (zài jiàn), zài significa 'otra vez' y jiàn es 'ver', así que en chino no dices realmente adiós, dices 'te volveré a ver', y sí, eso es lo que más quiero ahora que estamos ya tan lejos: volverte a ver.