25 oct 2016

dedicado a todos los niños que se creen buenos *risa* poetas, porque me dan flojera

Tus tenis sucios, las gafas de pasta y tu cabello de niño emo (o justin bieber) no impresionan a nadie, así como no impresiona tu poesía pseudo beatnik o como la quieras llamar, la verdad es que son versos básicos e ideas fofas que debiste haber olvidado a los dieciséis años. No me importa si te emborrachas los fines de semana, si lo haces por mi o por cualquier otra, la verdad lo que sí me impresiona es que creas todo lo que dices y todo lo que escribes, porque mis ojos son el aeropuerto de tus sueños y mis labios el fuego que te ha dejado moretones en el cuello como si se tratasen de ventanas olvidadas en tu navegador, y mis caricias invisibles por las noches cuando yo no estoy ahí son lo único que acompañan a tu insomnio…¿Ves que fácil? estoy igual que tu, diciendo estupideces. Poniendo puntos donde no deben ir, escribiendo las comas en su lugar, porque ya no estamos para esos jueguitos de palabras, ni tanta anáfora, ni tanto hipérbaton, ni tanto oxímoron, ni tanta hueva básica: que si me muerdes los labios, o extrañas mis caderas, o esa cerveza sabe a mi o cualquiera de tus jaladas… A mi me han escrito muchas veces, si me quieres inmortalizar no lo hagas vía instagram pensando que inventas el hilo negro sólo porque alguna estilización se te da medianamente bien, ni me digas cosas como “Tienes permitido irte. Tienes permitido irte de mi historia, de cualquiera, de donde no te sientas tuya”. Para empezar yo ni siquiera pido permiso, me enoja y me da flojera, y además, si te besé una vez, es porque la borracha era yo, porque estaba triste seguramente, porque extrañaba a ese niño que me llevó de la mano por Londres y París, y tú, escribiendo sobre la tragedia nacional ¿En serio crees que con eso yo me voy a fijar en ti? a mi desde chiquita me bajaron la luna y las estrellas, una poesía fácil no es ni el primer paso para que yo voltee a mirarte. Tú no eres ni serás el intelectual con el que me doy cuenta de lo vacía que ha estado mi vida y lo vácuas de todas mis relaciones, tú eres el que vive en una zona de la ciudad a la que nunca he ido y dice que las bolsas que tengo guardadas en mi clóset son obscenas cuando hay niños en áfrica muriéndose de hambre porque no puedes pagarlas. Y ya deja de fingir que estás triste todo el tiempo, a mi me gustan los que me invitan a Edimburgo el fin de semana y con los que corro bajo la lluvia en sus callecitas empedradas mientras buscamos un café en el que resguardarnos y comer macarons, porque yo me puedo dar el lujo de tener esas historias de amor tan perfectas y que todas quieren, deberías saberlo, yo no me tengo que conformar con un triste que piensa que habla bonito, yo de niña tenía 14 pares de zapatos de charol y abrigos de cachemira, a mi la desdicha barata se me hace aburrida, a mi me gustan los anillos de Tiffany y las luces brillantes a orillas de ese río en Dublín, muy lejos de alguien como tú. No es por ser grosera, es que tu poesía es realmente mala y mira, saca lo peor de mi.

Claro que no te quiero, ni me gustas ni te acepto una cena, porque quién sabe a donde me quieras llevar o en qué carro; si no es en Les Airelles, no. Y cambiate esas gafas que no van con el lugar.

Ton forme d’aimer est très démodé, allez s’il te plaît...

10 oct 2016

Las margaritas mueren después 2

Me miró y me sacó la lengua.
Aquello me hizo reír. La risa era simple y venía fácil.
Aquella mañana había desayunado avena con miel y fresas en la pequeña cocina de mi casa, con vista al patio trasero, en donde mi abuela dejaba crecer amapolas. Como cada domingo, mi abuela ponía la estación de clásicos, y mientras comía cucharadas de miel, la voz de Joe Stratford envolvía la cocina con olor a fresas. Sonaba “You Belong to me”
— Esa canción la bailaba con tu abuelito — decía mientras contemplaba hacía la ventana con añoranza—nos íbamos todas las noches a las fiestas y mi mamá se enojaba… era un buen bailarín. Si te hubiera conocido te hubiera amado… eres igual de seria y chocosa que él.
En aquel entonces no entendía las palabras de mi abuela. Jamás había perdido a nadie y no tenía mucha noción de la muerte. Era un concepto vago, que tan solo flotaba en el aire pero no era tangible.
— ¿Quieres más fresas?
— No — conteste mientras me lamía los labios llenos de miel.
— Entonces ve a cambiarte y prepárate para ya irnos a la iglesia.
Y ahí estaba, otro sermón aburrido. Pero me gustaba jugar en las escaleras de la iglesia una vez que terminaba toda la ceremonia.
Ese día, antes de iniciar la ceremonia mis padre y abuela fueron a saludar al Padre y me dejaron en los asientos, cuando algo me hizo voltear.
Ahí estaba, un niño rubio de mejillas sonrosadas, más bien quemadas, por el sol. Dos dientes delanteros muy grandes y ojos redondos y café.
Llevaba el cabello más largo de lo normal, con un flequillo que le cubría la frente y vestía una camisa blanca que le iba algo grande.
Me causo gracia su irreverencia. Mi madre decía que era de mala educación sacar la lengua.
— Hola — dijo el niño
— Hola
— ¿Cómo te llamas?
—  Dairia
— ¿Daira? ¡Pero que nombre tan raro? Nunca lo había escuchado — enseguida fruncí el ceño. Odiaba que la gente dijera eso siempre que me conocía — Es muy bonito — agregó aquel niño rubio — Suena como de libro o de poesía
Enseguida volví a sonreír. Aquella fue la primera ocasión en que una persona decía algo bonito de mi nombre, o al menos, la primera vez que yo lo noté.
— ¿ Y tú cómo te llamas?
— Me llamo Joel, como mi papá.
Joel. Me gustó su nombre y me gustó Joel. Siempre hacía amigos en la escuela, y era aburrido siempre hablar con las mismas personas. Para mi, hacer un amigo en otro lugar que no fuese el instituto era todo un acontecimiento memorable.
— ¿Y que vas a hacer hoy?
Justo cuando iba a responderle mis padres llegaron y se sentaron junto a mi, ordenándome. que me volteara, pues iniciaría la ceremonia.
En aquella ocasión, cuando nos dábamos la mano en son de paz, voltee para mirar a Joel, pero mis ojos no lo encontraron.
Salude a todos a mi alrededor pero no le
vi a él. ¿En donde estaba?
Aquella aburrida misa terminó y la gente se levantaba a hablar y saludarse.
Corrí hacia patio de la iglesia y lo ví ahí, jugando a la orilla del pozo que había estado ahí desde que la iglesia se había fundado, hacía unos 50 años.
— ¿Qué haces aquí? — dije
— Si hablas hacia el pozo se escucha tu eco — dijo —mira: ¡Oso! — gritó y se escuchó su voz repitiendo la palabra “¡Oso!”
Me encantaban los ecos. Los buscaba en todos lados y cada vez que encontraba uno me emocionaba y lo que más deseaba era gritar palabras y escucharlas sonar por el aire. ¿Cómo sucedía aquello? ¿Por que mi voz se repetía en algunos lugares y en otros no?
— ¡Bruja! — grité y escuche mi voz repitiendo — “¡Bruja!”
Joel se rió
— ¿Bruja? ¿Por qué “bruja”?
— me gustan las brujas
En aquel entonces fantaseaba mucho. Tenía una imaginación llena de ansias por un mundo más divertido. Quería ser una bruja, quería hacer magia y hechizos y posiciones, y tener frascos con bichos y talismanes protectores. Por eso llevaba un collar y jamás me lo quitaba, decía que era un amuleto de la suerte, aunque en realidad lo había comprado en una tienda de chacharas cualquiera
— Eres muy rara — me dijo Joel — Pero me caes bien. No todo el mundo me cae bien.
— Tu también me caes bien.
Nos encontrábamos a los extremos del pozo y yo miré hacia el fondo. Me pregunté qué habría ahí, me pregunté si alguien alguna vez se había caído ahí y si jamás lo habían podido sacar.
— ¿Cuantos años tienes? — le pregunte
— Trece ¿y tú?
— Doce
— Mmm, ya veo. Yo ya voy en primero de secundaria.
— Yo estoy en sexto, pero el próximo año estaré también en secundario
— Bueno, aún así ¿Quieres ser mi amiga? — preguntó
— Sí — dije sin pensarlo mucho.
A los veinticinco años volvería a pensar en aquella mañana de domingo, mientras lloraba porque mi gato había muerto. Por alguna razón que me exasperaba,jamás olvidé ese día. Jamás pude borrar el verde los árboles, ni el calor de mayo, ni los banderines que colgaban afuera de la iglesia, ni el sabor de los pastes rellenos de carne que mi padre compró para que almorzaramos. Recordaba cada detalle, cada peca en la cara de Joel y lo rosado de mis dedos, y que odiaba pensar que al día siguiente debía ir al colegio, que en la noche mi madre cenó café y cocoles, y yo pizza, y que me fui a dormir a mi cuarto de princesa, con sábanas rosas que olían a lavanda. El beso de buenas noches de mamá y una muñeca de plástico me acompañaban en mi sueños.
— Supongo que te veré sólo los domingos.
— No lo sé. Yo siempre vengo, mis padres me traen.
— ¿A que escuela vas?
— Al colegio Benjamín Hill — dijo Joel
— Yo voy en el Villa Rica
Me miró con tristeza, y sentí sus ojos sobre los míos.
Quería pasar la tarde ahí, junto a ese pozo, decir palabras y que el eco las devolviera, hasta que fuera tarde y lloviera y la lluvia mojara mi vestido y se metiera en mis calcetas, para que al caminar mis pies sintieran el agua entre los dedos y yo imaginara que era una sirena que apenas aprendía a caminar.
—¿Pues están algo lejos no? — añadió Joel
Ambas escuelas estaban prácticamente de extremo a extremo de la ciudad
--Supongo que es por eso que jamás nos habíamos visto
--Supongo --contesté-- ¿Tu escuela queda un poco lejos de aquí no? ¿Por qué vas hasta allá?
--A mi padrastro le queda de camino al trabajo -- dijo.
“Padrastro”, hasta entonces jamás había conocido a ningún niño que tuviera uno, y me parecía más una palabra de cuentos que de la vida real.
--¿Y tú? -- preguntó -- tu escuela tampoco está tan cerca, que digamos.
-- No, ya sé… pero a esa escuela han ido mis hermanos mayores, así que ahí voy yo, y supongo que cuando mi hermano menor tenga la edad, también irá.
-- He oído que es un poco dura -- dijo.
--Sí, lo es. -- entonces me detuve a pensar y dije -- Oye, pero si vienes a esta iglesia entonces tu y yo debemos ser vecinos o algo ¿no?
--Sí --dijo despreocupado -- Me lo parece. ¿Sabias que mi nombre es un nombre de la Biblia?
 Sin más, Joel brincó tres escalones de un solo salto y echó a correr: “¡Tengo que irme!” dijo mientras se alejaba. Lo vi correr hacia la acera. No pude distinguir quienes eran sus padres ni que dirección tomaba.
El sol era bastante abrasivo aquél día, recuerdo el calor que se sentía y la temperatura húmeda de la ciudad, a tan solo una hora de la costa. Los árboles, y el viento que se filtraba a través de ellos, refrescaban un poco el ambiente.
 Ahí me encontraba yo, parada en las escaleras de la iglesa, con el cabello engominado y sostenido en dos coletas como a mi madre le gustaba peinarme, con un vestido azul y una blusa blanca debajo, con zapatitos negros como de niña pequeña, el último par que usé antes de entrar a la adolescencia y decidir que aquello ya no me iba. Pero ahí estaba, parada, desconcertada. ¿Quién era Joel? ¿Por qué me había hablado de la nada? ¿Por qué había aparecido de repente en mi vida? Fue la primera vez que me hice esa pregunta. Sentía curiosidad. De repente, quise que otra vez fuera domingo.