23 may. 2019

Review: Un tranvía llamado deseo (A streetcar named desire)


A Streetcar Named Desire (1951).jpgDirector: Elia Kazan
País: Estados Unidos
Año: 1951
Idioma: Inglés americano
Reparto: Vivien Leigh, Kim Hunter y Marlon Brando
Blanche, una bella mujer madura llega entre el bullicio de la gente a la casa de su hermana, Stella, en Nueva Orleans, quien está casada con el joven Stanley Kowalski, un estadounidense de ascendencia polaca de la clase obrera. Al ver la vida que lleva su hermana Stella, Blanche se sorprende y le parece casi imposible que ella pueda ser feliz con alguien tan "simple" como Stanley.
Desde un inicio, la relación entre Blanche y Stanley es tensa, lo que aumenta cuando Stanley intenta indagar sobre una propiedad "perdida" de la que Blanche habla. Aunado a esto, el pavoneo de Blanche frente a él y su trato condescendiente molesta a Stanley, quien la ve como una amenaza a su hombría y poder sobre su esposa, puesto que teme que esta lo vea de manera inferior por la influencia de su hermana. De esta manera, la relación entre Stanley y Estella se vuelve tensa, al tiempo que Blanche seduce a uno de los amigos de Stanley y desea casarse con él. Sin embargo, al indagar sobre el pasado de Blanche, Stanley descubre oscuros secretos sobre su pasado y poco a poco, develan el inestable estado mental de Blanche. 
Al ser una película que adapta un guión de teatro hay algunos detalles del escenario que cambian en el filme, sin embargo, el trabajo de Kazan se esfuerza por resaltar los temas principales que Williams abordó en el su obra. Sin duda, uno de los temas más interesantes es el descenso mental que sufre Blanche a lo largo de la obra. Tanto Blanche como Stella tienen nombres que aluden a lo puro y lo delicado, sin embargo, Stella (Estrella) parece poder brillar sin importar la situación, en este caso, adaptarse a la vida en Nueva Orleans con Stanley, mientras que la blancura de Blanche desaparece entre las sombras de la tumultuosa vida que ha vivido. 
Siempre entre sombras y oscuridad, Blanche intenta mantener una fachada de delicadeza y establidad, cuando en realidad, oculta secretos y remordimientos respecto a la pérdida, la muerte, el alcoholismo y el deseo sexual (algo considerado "sucio" para las mujeres en esa época).  De igual forma, la oscuridad sirve como este velo del que se cubre de la "luz de la verdad", o su nueva realidad, en donde ya no es una jovencita de clase alta y una vida sin preocupaciones. Enfrentar esta realidad y el escarnio social es lo que, finalmente, lleva a Blanche a un viaje que la desconecta de la realidad y la acerca a sus deseos (ser siempre bella, atractiva y ella misma, un objeto de deseo), a costa de poco a poco, perder contacto con la razón.
Algunos críticos consideran que Williams inventó el "deseo" para el siglo XX, pues todos sus personajes en mayor o menor medida actuan en función de este. Stella es feliz con Stanley por el deseo que siente por él y viceversa, constantemente observamos a otros personajes pelearse y reconciliarse a partir del deseo mutuo y sin duda, el carácter sexual de Blanche muestra ese deseo femenino tanto de ser admirada como de seducir a otros como una manera de ejerce poder sobre otros. Sin embargo, el deseo de Blanche la condena al rechazo social, a perder sus propiedades y finalmente, su contacto con la realidad.
A Streetcar es una intensa muestra de las relaciones humanas y lo más esencial y primitivo de las sociedades, la lucha de clases y como el poco entendimiento y control de uno mismo puede llevar a una incapacidad para enfrentar los problemas de la vida adulta. Blanche teme envejecer, pero sin duda, Leigh la inmortaliza como la eterna, frágil pero agresiva y pasional mujer que enfrenta a Stanley en una ultima muestra de conservar su dignidad y su amor por la vida. Una manera de sobrevivir en un mundo álgido y sin compasión.





29 mar. 2019

We were just trying to have fun


circa 2009
I might have been fourteen when they took that picture of me goofing around with my high school friends. I was really lost and anxious back then, but somehow I was also very careless and free at the same time.
I remember spending those summers in a big house in a small town, walking up the streets towards cafés and pizza shops, hanging out with other kids and my cousins, rescuing a dog, being in love too and giving first and second kisses; but still, everything was brand new.
The summer was nice, not too hot and much better than the foggy and rainy winters of that town.
Back then I could have cake in between meals without a single doubt, because I was skinny asf. 
I also went to dance lessons, but during the summer the school closed.
Small town memories might be
lame but they are good enough 


I listened to rock bands and dated a kid who played the bass. The romance lasted for two or three weeks. But the heath of summer lasted longer.
I was there, walking downtown, boys trying to flirt with me for no apparent reason. I enjoyed it. The attention was also new. And then the night came. I went to those lame garage parties some kids with inattentive parents sometimes held. It was very hard to drink beer, but we still manage to have fun.
Not knowing what the future was holding for us, and with zero intention of knowing, we let ourselves go with the excitement of our first youth.
Make up, magazines, jeans cut to our waist, Mika's Everybody is gonna love today playing over and over, dreaming with New York... a city beyond our possibilities, wishing love could last forever and not just a few weeks.
Now all that seems distant and romantic. The corner where I had to cross the street to go to the park, the flavor of brownies in the middle of the day, lemonade, scars and cuts in my fingers after playing with branches, lying on the floor or the blue sky... we didn't wanted to end, I still wished it hadn't end, but it was only inevitable.
I spend an afternoon making a video for Youtube, I recorded bits of my life here and there, watched The sisterhood of traveling pants and wished for a friendship and a pair of jeans as good as those. There was so much I didn't know and wanted to, but ignorance was the preamble for adventure.


I tried to kiss a boy one of those nights, but got shy and got scolded for leaving the party so late. But I couldn't help it and didn't care.
We ate pizza, made Skype calls at 2:00 am that lasted until 3:00 am, we swore it was gonna be like that for ever and ever and ever.
I grew up. Went to London, Tokyo, Seoul, Amsterdam... still there are certain things, certain moments in that little hometown of yours, where you rave to certain songs and certain sounds just like everyone else in the biggest cities your dreams could imagine. We sang to Use Somebody to Kings of Leon, or maybe we didn't, but certainly listened to it while all those emotions where happening inside of us.


As small as we were, as broken as we felt, we did our best... we laughed and felt and loved and regretted it and eventually got over it, but the scars and the marks of those years, now they are here with us, and they are truly eternal, witnesses of our craziness, or recklessness, or fearless selves jumping to a pool after our last exam, still with a school uniform, but knowing we were free for the next two or four weeks.
Walking around those small places now will never be same. It ended, we said goodbye, we didn't see each other daily anymore, some of us discovered we couldn't stay friends because we had nothing else in common than the eleven subjects we shared together. However, we will always have Kiss Me Thru the Phone to remember how it was.
Late afternoons that became nights, photographs that got lost due to our lack of Facebook, dead pets, casual pizza dinning, the unawareness that Korea existed, LG phones and the fact that we knew we were growing up and didn't know what to do with it.
So we finally did. And now we are here and there. And we might forget, but the memories will always be there. On the street, in your old room, in the stars you asked for wishes.

7 ene. 2019

Abandonarse a la pasión - Hiromi Kawakami

Después de leer el libro decidí leerme algunos reviews, El País y escultural (que escribe mal el nombre de la autora) dicen poco y anda al respecto:
Vemos pasar ocho mujeres, algunas ellas sin nombre pero todas ellas varadas en relaciones suspendidas y decepcionantes, de felicidad en color sepia, y parecen haber llegado a las relaciones como parte de un plan vital basado en la nada. - El país
Con un lirismo delicado y nada efectista, que recuerda a Tanizaki, relata el dolor de la separación, la intromisión de la muerte, la imposibilidad de conocer al otro, el trabajo implacable del olvido. - El cultural
Sin tantas palabras vacías como "lirismo delicado", me gustaría saber qué pensaron en realidad estas personas al leer a Kawakami. En goodreads encuentro al menos reviews más honesto: "Un libro raro y aunque las historias tienen puntos en común (todas desprenden muchísimo erotismo, por ejemplo), hay algunas más flojas que otras.", "Las sensaciones que me ha dejado este libro son bastante contrarias", "No sé cómo calificar este libro".
Desconcierto. Kawakami nos deja desconcertados. Creo que ella sabe qué escribe, y adrede es que no lo deja claro. Sus personajes no saben qué hacer con ellos mismos, con sus vida, los lectores no sabemos qué leemos, por qué leemos, qué esperar, hacia donde llegaremos con sus palabras, que son tan lánguidas y bonitas que nos obligan a seguir leyendo aunque sus relatos acaben literalmente en la nada.
En todos los cuentos hay una especie de amor, amores nostálgicos, amores que surgen de la costumbre, de la comodidad incluso, de lo familiar. Amigos que a causa de coincidir tantas veces acaban besándose, como si no supieran que más hacer en medio de un desolado Japón tras perderse en el camino. Una pareja que ha huido "de lo irracional" dicen ellos, aunque lo que han hecho es tan ilógico como ese de lo que dicen escapar. Otros que parecen no tener nada en común más que unas locas ganas de acostarse juntos sin cesar y que al final, resuelven que lo mejor es el suicidio.
Los relatos tienen en común al amor desde la mirada femenina. Mujeres solas que encuentran en un compañero, si no compañía, al menos un analgésico a esa soledad. No es amor lo que sienten, sino pasión. La pasión como una salvación o como una condena. Bien te ayuda a sobrellevar los monótonos días en una sociedad que se caracteriza por estar siempre centrados y esforzarse por la perfección, en donde la locura de un orgasmo puede ser el único escape a esa uniformidad que devora como un monstruo. Bien te convierte en un fantasma, que ni siquiera en la muerte, logra entender por qué hizo lo que hizo. Por qué amar, por qué dejarse llevar, por qué quitarse la vida por un sentimiento. O más aún, por qué seguir viviendo si ninguna razón parece buena.
Al final y después de tantos desamores Kawakami sí hace un guiño a lo que es el amor, o su imposibilidad. Dos espíritus condenados a estar juntos para siempre, por que sí, la eternidad no puede ser otra cosa que no sea una condena. Dos espíritus que no saben si se aman aún, pero que no tienen más remedio que compartir sus días hasta el fin del universo. Lo aburrido e incipiente del día a día es lo que comparten. Ninguno recuerda lo que es la pasión. Y acaso esa es otra manera de amar. 
Kawakami no sentencia si aquello es más o menos genuino que los amores que llevan al suicidio o a huir juntos, sólo llena los relatos de bellas imágenes y nos presenta ocho maneras de entender y vivir este sentimiento humano, en una sociedad en donde la gente no se abraza ni se toca, en dónde el metro anuncia que por favor, te abstengas de llorar aunque tu día haya sido una mierda.
Dulzura y agonía, soledad, inocencia, dolor y añoranza son algunos de los elementos que se entretejen en su prosa, que lo dejan a uno desconcertado, que nos recuerda que en la vida lo que menos existen son las certezas.